Había llegado tarde, pero pese a todo ahí estaba ella. Era una chica despampanante, elegantemente vestida de una pieza en tono crema, con un escote delicado que revelaba la colorida suavidad de su fina piel y delicadas formas. De sus impolutos zapatos hasta su cabeza, todo era elegancia y finura digna de una princesa de ensueño. Su forma serena de espera encandilaba a todo el pasaba cerca de ella, que furtivamente dejaba escapar una mirada embelesada. En su mano portaba una delicada cartera que suplía con elegancia la siempre pesada necesidad femenina del bolso. Su mirada prefería entretenerse relajadamente con las bellezas aromáticas del jardín de la plaza, en lugar de hacerlo con el deambular de los ajetreados y sudorosos transeúntes de aquella tarde de agosto. Su rostro resplandecía en su impoluta belleza que combinaba todos los rasgos imposibles de perfección jamás imaginados. Unos hermosos ojos rasgados brillaban de un verde esmeralda tras sus dóciles pestañas, confiriendo a su mirada una viveza mágica cual la mismísima Sherezade. La tersura y suavidad de su cara recordaba a la suavidad de los algodones, a su tacto parsimonioso y agradecido, amueblando la inmensidad de su sonrisa contenida en sus labios carnosos y de tibio color que acrecentaba, más si cabe, su expresión de envidiable serenidad.
Era la mujer perfecta, soñada e ideal. Costaba creer que fuera solo para mí, que fuera la misma que se confesaba ansiosa por conocerme en persona luego de tantas charlas en la web. A medida que me aproximaba sentía como se me aceleraba el pulso por un encuentro tan inesperado. Verla allí sobrepasaba todas mis expectativas. Esperaba que me reconociese al ver el ramo de gardenias que habíamos acordado como seña identificadora para nuestro primer encuentro, claro que ella llevaba las manos libres, lo que pudo ser debido a una decisión de última hora o a un habitual “capricho de mujer”. Ella aún seguía entretenida con las lindeces del jardín mientras me aproximaba más aún aprovechando su distracción.
Alguien me llamó desde lejos. Me giré pero no reconocí a nadie, entonces oí de nuevo esa llamada y alcancé después a ver a alguien que me saludaba en la distancia. Era una chica quinceañera bajita, con rastas y embutida en una sudadera estampada con calaveras, a juego con las cadenas y demás estrambóticos atuendos punzantes jamás imaginados… pero que curiosamente portaba en su mano un ramo de gardenias.
¡Vaya!... ¡con que tú eres…! -pensé mientras ella se aproximaba- Menuda decepción…. eso solo puede pasar en un chat. Quizás hay algunas cosas que nunca debieran abandonar la inmunidad que concede el anonimato de la pantalla.
Era la mujer perfecta, soñada e ideal. Costaba creer que fuera solo para mí, que fuera la misma que se confesaba ansiosa por conocerme en persona luego de tantas charlas en la web. A medida que me aproximaba sentía como se me aceleraba el pulso por un encuentro tan inesperado. Verla allí sobrepasaba todas mis expectativas. Esperaba que me reconociese al ver el ramo de gardenias que habíamos acordado como seña identificadora para nuestro primer encuentro, claro que ella llevaba las manos libres, lo que pudo ser debido a una decisión de última hora o a un habitual “capricho de mujer”. Ella aún seguía entretenida con las lindeces del jardín mientras me aproximaba más aún aprovechando su distracción.
Alguien me llamó desde lejos. Me giré pero no reconocí a nadie, entonces oí de nuevo esa llamada y alcancé después a ver a alguien que me saludaba en la distancia. Era una chica quinceañera bajita, con rastas y embutida en una sudadera estampada con calaveras, a juego con las cadenas y demás estrambóticos atuendos punzantes jamás imaginados… pero que curiosamente portaba en su mano un ramo de gardenias.
¡Vaya!... ¡con que tú eres…! -pensé mientras ella se aproximaba- Menuda decepción…. eso solo puede pasar en un chat. Quizás hay algunas cosas que nunca debieran abandonar la inmunidad que concede el anonimato de la pantalla.



